Ser padres

Hay tres cualidades básicas que resultan muy relajantes para la -a menudo- ardua labor de ser padres: aceptación, presencia y comprensión. Las tres proporcionan una visión abierta e incondicional, que nos permite ver a nuestros hijos y a nosotros mismos tal como somos en realidad y no como nosotros (u otros) esperamos ser. Ello es la base para que nuestros hijos tengan confianza en sí mismos y sientan que hay un lugar acogedor al que siempre pueden volver, bajo cualquier circunstancia.

Aceptación es una postura interna que reconoce que las cosas son como son: molestas, agradables o un poco más neutrales. Parte de lo que justamente ocurre en este preciso instante. La aceptación no te conduce a lo que salió mal la semana pasada o a aquello que estás esperando que vaya a pasar. Una mirada abierta y nueva proporciona mayor perspectiva sobre aquello que sucede en este momento, que siempre es distinto a lo sucedido hace una semana.

Presencia te brinda la oportunidad de simplemente ser, de forma abierta, reposada y sin tener que dar tu opinión inmediatamente. Presente en esa pequeña mano que toma la tuya. Presente en el berrinche. Está presente en el camino diario a la escuela. Presente todos los momentos de dicha, mala suerte, rutina y todo lo demás. Cuanto más presente estás, menos cosas te pierdes. Nunca se trata de juzgar si es algo bueno o malo. Estar presente es suficiente. Así nace el contacto, el contacto verdadero.

Comprensión se da en le momento en que tú y tus hijos podéis ser auténticos.

Tú, en todos los momentos en los que no estás ahí y no eres amable. Cuando tu “paciencia de santo” se ha agotado completamente y no eres el padre o la madre ideal. Y tus hijos, en todos esos momentos en los que no cumplen tus expectativas. En los que chillan cuando tienen que estar callados. Cuando olvidan dar las gracias a la abuelita por su bonito regalo. Cuando son desagradecidos y piensan que tú estás hecha a prueba de golpes. El entendimiento nace con la profunda comprensión de que tú y tus hijos no sois enemigos. También el amor incondicional conoce sus altibajos.

Tranquilos y atentos

como una rana

Eline Snel

Psicología Montesol

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